jueves, 18 de agosto de 2022

Vicente Aleixandre


 Heme aquí frente a ti, mar, todavía...

Con el polvo de la tierra en mis hombros,

impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,

heme aquí, luz eterna,

vasto mar sin cansancio,

última expresión de un amor que no acaba,

rosa del mundo ardiente.

Eras tú, cuando niño,

la sandalia fresquísima para mi pie desnudo.

Un albo crecimiento de espumas por mi pierna

me engañara en aquella remota infancia de delicias.

Un sol, una promesa

de dicha, una felicidad humana, una cándida correlación de luz

con mis ojos nativos, de ti, mar, de ti, cielo,

imperaba generosa sobre mi frente deslumbrada

y extendía sobre mis ojos su inmaterial palma alcanzable,

abanico de amor o resplandor continuo

que imitaba unos labios para mi piel sin nubes.

Lejos el rumor pedregoso de los caminos oscuros

donde hombres ignoraban tu fulgor aún virgíneo.

Niño grácil, para mí la sombra de la nube en la playa

no era el torvo presentimiento de mi vida en su polvo,

no era el contorno bien preciso donde la sangre un día

acabaría coagulada, sin destello y sin numen.

Más bien, con mi dedo pequeño, mientras la nube detenía su paso,

yo tracé sobre la fina arena dorada su perfil estremecido,

y apliqué mi mejilla sobre su tierna luz transitoria,

mientras mis labios decían los primeros nombres amorosos:

cielo, arena, mar...

El lejano crujir de los aceros, el eco al fondo de los bosques partidos por los hombres,

era allí para mí un monte oscuro, pero también hermoso.

Y mis oídos confundían el contacto heridor del labio crudo

del hacha en las encinas

con un beso implacable, cierto de amor, en ramas.

La presencia de peces por las orillas, su plata núbil,

el oro no manchado por los dedos de nadie,

la resbalosa escama de la luz, era un brillo en los míos.

No apresé nunca esa forma huidiza de un pez en su hermosura,

la esplendente libertad de los seres,

ni amenacé una vida, porque amé mucho: amaba

sin conocer el amor; sólo vivía...

Las barcas que a   lo   lejos

confundían sus velas con las crujientes alas

de las gaviotas 0 dejaban espuma como suspiros leves,

hallaban en mi pecho confiado un envío,

un grito, un nombre de amor, un deseo para mis labios húmedos,

y si las vi pasar, mis manos menudas se alzaron

y gimieron de dicha a su secreta presencia,

ante el azul telón que mis ojos adivinaron,

viaje hacia un mundo prometido, entrevisto,

al que mi destino me convocaba con muy dulce certeza.

Por mis labios de niño cantó la tierra; el mar

cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes.

La luz, tenuemente mordida por mis dientes blanquísimos,

cantó; cantó la sangre de la aurora en mi lengua.

Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba por dentro.

Toda la asunción de la vida embriagó mis sentidos.

Y los rumorosos bosques me desearon entre sus verdes frondas,

porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha.

Por eso hoy, mar,

con el polvo de la tierra en mis hombros,

impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,

heme aquí, luz eterna,

vasto mar sin cansancio,

rosa del mundo ardiente.

Heme aquí frente a ti, mar, todavía...